Navidades atípicas

A pocos días de que se celebre la Navidad, me gustaría compartir con vosotros cómo la vivo yo desde mi paternidad atípica, y cómo con el tiempo he ido aprendiendo a vivirla desde otra perspectiva.

Creo que todos, como padres, queremos y soñamos con que nuestros hijos disfruten las Navidades, las reuniones familiares, los regalos, los villancicos… en resumen, ese ‘espíritu navideño’ que nos invade.

Así desde luego lo sentí yo cuando nació mi hija y llegó su primera Navidad con nosotros. Todo giraba a su alrededor, y aunque fuese todavía muy bebé, la hacíamos partícipe de todo.

Pasaban los años, y su retraso madurativo se hacía más evidente, sin embargo mi ilusión porque mi hija disfrutase de las Navidades permanecía intacta. Me resistía a pensar que no podía ser así, que nuestra Navidad fuese atípica.

Y esto tenía para mis dos consecuencias:

  • ‘forzar’ situaciones como por ejemplo pretender que mi hija estuviese tranquila sentada en una mesa para comer o cenar con mucha más gente. Al final, ella, como es normal, se acababa agobiando, y por tanto, yo también. Y ni ella ni yo acabábamos disfrutando de esa comida o cena
  • Frustrarme al ver que ella no disfrutaba de cosas tan básicas como por ejemplo abrir regalos o montar el árbol de Navidad

He tardado tiempo en darme cuenta, pero ¿sabéis cuál creo que es la clave de todo esto? Lo decía antes, era ‘mi ilusión’ porque mi hija disfrutase de las Navidades.

El problema estaba en mi, no en ella. Como en otras situaciones que me ha tocado vivir, el origen del problema está en el manejo de mi frustración como padre. No me resulta fácil asumir que para mi hija, el día de Nochebuena, Navidad, Papá Noel o Reyes Magos no dejan de ser un día más, prácticamente como cualquier otro.

No me entendáis mal, por supuesto que en casa celebramos estas fiestas, y le ponemos toda la ilusión del mundo, sobre todo porque mi hija disfruta cuando nos ve contentos a nosotros, pero esa frustración como padre va desapareciendo, y lo que hago es buscar y adaptar las situaciones y circunstancias para que mi hija esté cómoda y relajada.

Si no quiere estar en la mesa con todos y prefiere irse a su habitación a jugar o ver los dibujos en la Tablet, lo hacemos, no hay problema. Es ella misma la que vuelve con nosotros cuando se siente tranquila.

Si tiene que comer o cenar un poco antes que nosotros para que no se agobie con el gentío, lo hacemos porque lo importante es que coma, no que esté sentada en la misma mesa que nosotros.

Si no muestra ilusión por abrir sus regalos, tampoco pasa nada, porque no conoce el concepto de ‘regalo’, ni lo que significan los Reyes Magos. Yo prefiero regalarle lo que le haga ilusión en cualquier momento del año, y no sólo en fechas señaladas, porque tiene muy pocos caprichos y entiendo que merece disfrutarlos cuando surgen.

He tenido que desprenderme de ciertas ‘tradiciones’ que se viven en mi familia. Cosas que pueden parecer muy simples, como ir a ver Cortilandia al centro de Madrid, o dar un paseo por la Plaza Mayor para después tomarse un bocadillo de calamares, es algo que yo he hecho toda mi vida con mis padres, pero que yo no puedo hacer con mi hija. ¿Es fácil asumir que como padre no puedo continuar con las tradiciones? Pues sinceramente no… y no por el hecho en sí de no poder dar un paseo por el centro de Madrid, sino por el motivo que lleva a eso.

Pero las prioridades cambian, para mi lo importante es que mi hija sigue siendo el centro de todo, pero mi visión de la realidad ha cambiado.

No puedo hacer que mi ilusión sea su ilusión, eso sería muy egoísta por mi parte. Pero sí puedo hacer que ella esté cómoda, tranquila y que disfrute.

¡ Feliz Navidad atípica !

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¿Para qué sirven mis emociones?

En esta ocasión os quiero hablar de las emociones, esas reacciones primarias que tenemos ante estímulos de nuestro entorno (un objeto, una persona, un lugar, un hecho). Son sentimientos que nos ayudan a adaptarnos a lo que nos rodea, y que surgen de una manera instantánea, sin pensar, de lo que Paul MacLean denomina el ‘cerebro reptiliano’.

Las emociones son algo intrínseco al ser humano, como lo son por ejemplo los sentidos, y nos ayudan a interpretar y adaptarnos a nuestro entorno. Del mismo modo que, por ejemplo, el olfato o el gusto no son ni buenos ni malos, podemos asegurar que las emociones no se dividen en emociones buenas y emociones malas. Simplemente son necesarias.

Cierto es que hay un elemento cultural que puede afectar al modo o la facilidad con las que las expresamos y compartimos. En general, por ejemplo, en los países asiáticos hay un contexto y una cultura que hacen que las personas tiendan menos a expresar sus emociones, al contrario de lo que ocurre en los países latinos. Incluso me atrevería a decir que históricamente los hombres han tendido a guardarse más sus emociones que las mujeres, algo que desde hace tiempo va cambiando.

Se habla de distintas emociones básicas, y yo me quedo con estas cuatro:

  • El miedo, que nos avisa de una posible amenaza o de algo que puede hacernos daño
  • La rabia, que nos indica que hay algo que nos molesta
  • La tristeza, que nos dice que hemos perdido algo o que no ha salido como esperábamos
  • La alegría, que nos muestra aquello que nos gusta

 

Y el mensaje que os quiero transmitir es que las emociones están ahí, las tenemos todos, y la clave es saber identificarlas y gestionarlas.

Voy a centrarme en dos de las emociones que quizás nos cueste más aceptar.

Por ejemplo, ¿quién no ha sentido miedo alguna vez? ¿Y el miedo es algo negativo? Pues por sí mismo no, es más, diría que hasta es positivo, porque nos mantiene alerta y nos advierte de peligros. El miedo puede convertirse en algo negativo si nos paraliza, si no nos permite tomar decisiones o seguir avanzando.

Una vez seamos conscientes de la emoción que estamos viviendo, merece la pena preguntarse qué hay detrás, qué motivo real nos hace sentirnos así. Porque esa es la clave para poder gestionar la emoción y sacarle provecho.

Y no estoy diciendo que sea fácil, ni mucho menos. Como os digo, cuando sentimos rabia, por ejemplo, esa emoción brota de dentro de nosotros de manera automática, no es algo que vayamos pensando y recapacitando, y en un momento dado decidamos ‘Pues venga, ahora voy a sentir rabia’. Saber qué hay detrás de esa rabia es lo complicado, y a la vez, lo necesario para crecer como persona.

Comparto con vosotros una experiencia personal. Hace años, al poco tiempo de aparecer el retraso cognitivo de mi hija, el foco era trabajar, trabajar y trabajar en casa con ella. Todo tipo de actividades, motricidad gruesa, motricidad fina, coordinación… que si separa las fichas por colores, que si mete una moneda en la hucha, que si coloca una pinza…. Así, cuantas más tardes mejor…

Pues lo reconozco, sentía rabia… rabia por no ser capaz de hacerle entender a mi hija lo que tenía que hacer, rabia porque no era capaz de hacerlo, rabia porque veía que no avanzaba… y esa rabia se transformaba en enfados, falta de paciencia, etc.. Pero con el tiempo me he dado cuenta, ¿sabéis lo que había detrás de esa rabia? Mi frustración como padre. Así de sencillo y de duro a la vez. ¿Qué culpa tenía mi hija de esa situación? ¡Absolutamente ninguna! La culpa era mía por no ser capaz de adaptarme a eso, por no asumirlo por aquel entonces, por no darme cuenta de que mi rol como padre nada tenía que ver con el que me había imaginado.

Yo no fui capaz de ‘rascar’ debajo de esa emoción de rabia, primero porque era casi ‘novato’ en eso de la paternidad atípica, y segundo, y sobre todo, porque no tenía entonces las herramientas que me ha proporcionado el coaching, pero lo comparto con vosotros por si os puede ayudar.

Otra emoción que me resulta clave en las familias con algún hijo con necesidades especiales es el miedo. Creo que todos hemos sentido miedo al recibir la noticia del diagnóstico de nuestros hijos, o al constatar mediante la realidad que las cosas no marchan como se supone que deberían. Miedo a lo desconocido, al futuro que de repente se convierte en incierto. Pero esa emoción, como os comentaba antes, debe hacernos permanecer alerta, debe hacernos reaccionar, con cautela pero con determinación. El miedo debemos gestionarlo para recabar la información que necesitemos antes de tomar una decisión, pero no debe paralizarnos. Si eso ocurre, debemos reflexionar y preguntarnos ‘¿Qué hace que esté paralizado?‘, ‘¿Qué me ocurre a mi con ese miedo que no me deja moverme?‘.

Otro ejemplo del día a día, y que quizás os haya ocurrido, es el miedo a realizar planes o actividades nuevas con nuestros peques. A mi me pasó hace tiempo con el tema de ir al cine con mi hija, o llevarla a un parque de atracciones. Me daba miedo que no le gustase el plan o que no disfrutase.

Pero siempre me gusta preguntarme ‘¿Qué es lo peor que puede pasar?‘. ¿Que la niña no aguante la película entera y me tenga que salir del cine? ¿Que no se lo pase bien en las atracciones y nos tengamos que volver a casa? ¡Pues asumo el riesgo! ¿Sabéis por qué? Porque en ocasiones nuestro miedo se equivoca, y luego resulta que mi hija se lo pasa genial en el cine, con sus palomitas y todo, y ni os cuento lo bien que se lo pasa en las montañas rusas.

 

Cuando te llegue una emoción, trata de identificar qué estás sintiendo. Permítete sentirla, no la ocultes ni la entierres, y piensa qué te está queriendo decir esa emoción.

La difícil convivencia con SYNGAP1

Ahora que ya se están acabando las vacaciones, quería escribir este post para compartir con vosotros mis experiencias y también, por qué no, mis aprendizajes.

Hace unas semanas leí un post de Vanesa Pérez que me encantó y donde explica lo difícil que ha sido este verano con uno de sus hijos, que tal y como ella dice, ‘tiene autismo’. De algún modo leer a Vanesa me provocó un cambio de observador, voy a intentar explicároslo. Ya sabéis que en coaching trabajamos el concepto de ‘cambio de observador’ cuando una persona consigue ver la misma realidad desde otro punto de vista, desde otro prisma, y eso le abre un abanico de posibilidades para interpretar y vivir esa realidad (podéis ver mi entrada ‘Cambio de Observador‘  del pasado mes de Abril).

Los cambios de rutina para mi hija no suelen ser nada buenos. Los veranos siempre los pasamos con ella en la playa, en casa de los abuelos, y aunque todos los años es lo mismo, los primeros días cuando llegamos noto como que está ‘descolocada’. Algunos años ha tenido más impacto en la comida porque los primeros días comía peor, otros años a lo mejor ha sido el aspecto físico porque ha estado más decaída, y este año por ejemplo se ha notado más en la conducta.

Esos primeros días ha estado más irascible e irritable, y enseguida ‘sacaba la mano a pasear’. Y os soy totalmente sincero, no hay cosa que más me frustre ahora como padre que el hecho de que mi hija me pegue. Sé que es su forma de expresar algún tipo de sentimiento que tenga, porque no puede hablar, y obviamente sé que no lo hace con maldad, porque su corazón no conoce ese concepto, pero cuando me pega sigo sin saber muchas veces cómo reaccionar, esa situación me puede.

Por eso cuando leí el post que os comento fue como una válvula de escape, porque al igual que Vanesa detesta el autismo, yo me permití decirme a mi mismo que yo también detesto la enfermedad de mi hija. Odio el SYNGAP1, lo odio con todas mis fuerzas. Ojalá no existiese esa enfermedad, ojalá mi hija me pudiese decir que está enfadada, frustrada, cansada, dolorida o lo que quiera que sea que siente, y así no me tendría que pegar. Ojalá no existiese para tantas y tantas cosas, algunas incluso cotidianas, como que no se cayera tantas veces al suelo y una simple herida en la rodilla tarde un mes en curarse.

Gritar en silencio ese ‘SYNGAP1, te odio’ fue como abrir la válvula de una olla a presión. En esos momentos me ayuda a recordar que ese maldito SYNGAP1 no le permite a mi hija ser como es, sino que la obliga a actuar de determinadas maneras, porque no le deja otra opción.

No sé si alguna vez os ha pasado, pero a mi en ocasiones el día a día, sobre todo cuando determinada situación se enquista, me acaba bloqueando y necesito un punto de inflexión para empezar otra vez de cero. Y es como si desde ese momento pudiese ver las cosas desde otro punto de vista, gestionándolas y aceptándolas mejor. Ojo, que aún me queda mucho camino por recorrer y muchas cosas por aprender.

¿Sabéis también lo que me ayudó mucho? Apoyarme en mi familia, delegar en ellos y no pretender solucionar todas las situaciones yo solo. Quizás suene raro, pero a veces tenía que desentenderme y ‘desaparecer’ de la escena para romper el bucle en el que estábamos.

También he recordado que hace años era el tema de la comida lo que me bloqueaba… Mi hija pasó una racha muy mala con la comida como consecuencia de la medicación que tomaba, y eso se me quedó tan grabado que durante bastante tiempo, si había algún día que no comía bien, no sabía cómo reaccionar. Como todo, con el tiempo, he sido capaz de relativizar esas situaciones, situarlas en el contexto adecuado y saber reaccionar acorde a su importancia real.

Así que, si he sido capaz de aprender a gestionar esas situaciones que en su día me podían, ¡seguro que también podré con esta de la conducta!

Porque sí, adoro y quiero con toda mi alma a mi hija, ¡pero con la mismas fuerzas odio el SYNGAP1!

 

CAMPAMENTOS DE VERANO, UNA DECISIÓN NADA FÁCIL

Llevaba un tiempo sin escribir en el blog, y uno de los principales motivos es que estas últimas semanas han sido un poco de locura buscando y organizando campamentos para la peque…

Empieza el verano escolar, y conciliar la vida familiar y laboral se convierte en un reto aún más complicado de lo habitual. Y si me permitís, más todavía tratándose de familias atípicas, para las que encontrar un campamento que se adecúe a las necesidades especiales de nuestro hijos no es nada sencillo.

En mi caso tengo la suerte de que el AMPA del Centro de Educación Especial donde acude mi hija organiza un campamento que empieza justo en cuanto acaba el cole y se alarga todo el mes de Julio. Se realiza en el mismo centro escolar y lo coordina una empresa especializada, dotando de todos los monitores necesarios en función de los niños que se apunten.

Además este año ha surgido la posibilidad de apuntarla a un campamento en la finca donde hace equinoterapia (Caballos de Ermo), y nos hemos ‘arriesgado’. Me refiero a que en cierto modo significaba sacarla de su rutina habitual (campamento del cole), y aunque sabíamos seguro que montar a caballo le iba a encantar, siempre quedaba ese poso de duda de cómo se adaptaría a ese nuevo entorno. No es lo mismo ir a una sesión de equinoterapia, que pasar todo el día en el campo.

¡Ahora puedo deciros que ha sido todo un acierto! Mi hija ha estado las dos semanas de este nuevo campamento feliz, muy feliz… y además de disfrutar y ‘desconectar’ del día a día del cole, también ha trabajado, y mucho: motricidad fina, largos paseos por la finca, sesiones de equinoterapia diarias… y por supuesto convivencia con otros niños. Vamos, una combinación perfecta. Pero como os digo, para mi la mejor prueba ha sido ver lo contenta que iba todas las mañanas.

Sin embargo, y aún con todo, la conciliación entre la vida familiar y laboral no es nada fácil… Los campamentos que conozco empiezan a las 09.00h, y no tienen ruta, claro, por lo que hay que ‘elegir’ entre llegar bastante tarde al trabajo o buscar a alguien que pueda encargarse de, como poco, llevarla (con el consiguiente gasto extra).

Y salvo el campamento del cole organizado por el AMPA, que ofrece unos precios muy razonables gracias al acuerdo que han llegado con el ayuntamiento, el resto son relativamente caros. No digo que no valgan lo que cuestan, por supuesto que sí, pero son precios a los que a lo mejor todas las familias no pueden llegar. Bastantes gastos tenemos durante el año con la lista interminable de terapias, pues hay que añadirle también esto. Por eso os decía que, aunque estoy muy contento por cómo han ido las cosas, en el fondo no es fácil.

Hay muy poca oferta de campamentos orientados a niños con necesidades especiales (más de una familia me ha preguntado por cómo lo organizamos nosotros), por lo que no tenemos mucho donde elegir en cuanto a ubicación, precios, etc., asumiendo que la máxima prioridad es, por supuesto, la atención a nuestros hijos.

Me pregunto si desde los ayuntamientos o comunidades autónomas no se podrían otorgar más ayudas para este tipo de cosas… ¿Sabéis lo que pasa? Que las familias con rentas medias siempre nos quedamos fuera de los baremos establecidos para optar a becas/ayudas, y estamos en ese límite en el que no recibimos ayudas, pero tampoco nos ‘sobra’ el dinero para pagar todas las terapias que necesitamos… y cuando es algo que no pedimos por capricho, sino por absoluta necesidad.

Este año como os digo hemos acertado de pleno, pero ya sabemos que nuestros peques evolucionan a velocidades muy variables, así que ya veremos si, por ejemplo, la equinoterapia se ajusta a sus necesidades el verano que viene… esperemos que sí, porque de lo contrario, ¡vuelta a empezar con la búsqueda de campamento!

¿Y vosotros, cómo os habéis organizado este verano? ¿Qué dificultades os habéis encontrado?

¿Qué debemos tener en cuenta a la hora de elegir el colegio para nuestros hijos?

El pasado fin de semana del 19 y 20 de Mayo tuvimos la segunda reunión de familias Syngap1, esta vez en Sevilla, y con una familia más, en este caso de Barcelona.

Fueron unos días geniales, con planes enfocados por y para nuestros peques (por ejemplo, el sábado estuvimos en Isla Mágica), pero donde también aprovechamos para avanzar como grupo. Tuvimos la suerte de reunirnos con una representante de FEDER (Federación Española de Enfermedades Raras), que nos explicó todas las áreas que abarca la federación, y a la vez pudimos presentarnos y explicarle todo lo que se está moviendo alrededor de la enfermedad Syngap1 (como por ejemplo el primer ‘Syngap1 Awareness Day‘ que tendrá lugar el próximo 21/06).

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Pero hoy quiero hablaros de un tema que surgió entre todas las familias y que nos preocupa a todos: cómo escoger el mejor colegio para nuestros hijos. Nuestros niños tienen edades dispares (desde los casi 3 años del más pequeño a los 21 de la mayor) y su nivel de desarrollo es también distinto, así que la situación de cada una de las familias es muy diferente.

Lo que está claro es que elegir colegio para nuestros peques es una de las decisiones más importantes y a la vez más difíciles que tenemos que tomar como padres, y el primer dilema es decidir entre un colegio de educación especial o un colegio ordinario con apoyos a la inclusión (si es que se puede, porque no todos los colegios cuentan con esos apoyos).

Para ello, creo que es importante tener en cuenta algunos aspectos:

  • Aunque no sea fácil, hay que quitarse los prejuicios que se puedan tener sobre los centros de educación especial. Al fin y al cabo, somos los padres quienes mejor conocemos a nuestros hijos, y sabemos qué atención necesitan, qué terapias les vienen mejor, con cuánta frecuencia, etc. Si esa ayuda se puede prestar en un colegio ordinario con apoyos a la inclusión, fenomenal, pero si no, debemos optar por la educación especial.
  • A pesar de que pueda sonar obvio, hay que pensar exclusivamente en el bienestar de nuestros hijos, y si en un centro de educación especial es donde van a recibir una atención y educación más adaptada y personalizada, bienvenido sea. Puede que nos cueste asumirlo, a mi desde luego me costó, y mucho, pero como os digo, lo primero es pensar en nuestros peques.
  • Si nuestro hijo tiene problemas de movilidad, hay que comprobar las barreras arquitectónicas del centro (en mi caso concreto, por ejemplo, ese fue uno de los puntos importantes a la hora de decidirnos).
  • Escuchar los consejos que nos puedan dar los médicos y terapeutas que trabajan con nuestros hijos, porque ellos pueden conocer los colegios de la zona y orientarnos. Así es como nosotros conocimos los dos colegios de educación especial que hay por nuestra zona.
  • Visitar el/los colegio/s que nos encajen, y tener una reunión con la dirección de cada uno de ellos para conocer de primera mano las instalaciones, cómo trabajan, qué terapias hay, con qué frecuencia, con cuánto personal cuenta, etc. También considero vital saber cuántos alumnos hay por clase y cómo los agrupan (por edad, por nivel desarrollo – en el caso de educación especial).
  • Analizar horarios y rutas para intentar conciliar al máximo la vida familiar y laboral. Que el colegio tenga un horario amplio, incluso con algunas clases extraescolares, y que cuente con una ruta que pase cerca de casa para mi es un tema importante.
  • Recabar la opinión y experiencia de otras familias, puesto que puede ser de gran valor. La opinión de esas otras familias que comparten circunstancias muy similares a las nuestras seguro que será sincera y nos ayudará a conocer mejor el funcionamiento real de los colegios.

Como os comentaba, si la elección del colegio es ya de por sí una decisión complicada, cuando se trata de niños con necesidades especiales, esta decisión se hace aún más difícil. Pero bueno, no es algo irreversible, y podemos y debemos valorar con el paso del tiempo cuál es el avance, y sobre todo, la satisfacción de nuestros hijos. Es crucial que como padres estemos involucrados en la educación de nuestros hijos, y tengamos una comunicación muy fluida con los profesores y terapeutas del centro.

Nosotros, por ejemplo, nos comunicamos a diario mediante una agenda con la profesora, con la fisioterapeuta, la logopeda, etc., y tenemos reuniones con todo el equipo cada 3 meses aproximadamente. Además, los terapeutas que trabajan fuera del cole con mi hija también tienen contacto y se coordinan con el equipo docente del centro, para garantizar que todo el trabajo va orientado por el mismo camino.

¡ Espero que esta reflexión os ayude si estáis en ese proceso de búsqueda de colegio para vuestros peques !

 

 

 

 

Cambio de observador

En esta ocasión os quiero hablar de uno de los conceptos con los que trabajamos en coaching: Cambio de Observador.

Posiblemente ya hayáis oído hablar sobre ello, y como muchas veces una imagen vale más que mil palabras, os muestro esta viñeta:

Cambio observador

¿Os dais cuenta de que la misma realidad se puede ver desde distintos puntos de vista?

Cuando lo trabajamos en coaching, intentamos que la persona se coloque en un lugar diferente y por tanto que pueda tener una visión de la realidad que hasta ese momento no tenía. Este cambio, esta nueva perspectiva de la realidad hacen que se replantee si estaba en lo correcto, e incluso le abre puertas para una mejor interpretación de los hechos.

Pero este cambio de observador no sólo se puede conseguir trabajando en procesos de coaching, sino que nosotros mismos, tras afrontar diversas realidades de nuestra vida, lo podemos hacer, a veces incluso de una manera inconsciente.

Os pongo algunos ejemplos de cambios de observador que he vivido yo.

1.- Los primeros meses (incluso años) tras conocer el retraso madurativo de mi hija fueron de mucha presión por realizar ejercicios y terapias en casa con ella, llegando al punto de no disfrutar en absoluto del tiempo que pasabamos juntos.

El objetivo era que mi hija consiguiese realizar determinados ejercicios que parecían imprescindibles para su desarrollo. Al no lograrlos, surgía la frustración, tanto por su parte como por la mía. Hasta que me di cuenta que no merecía la pena seguir así.

En este caso, mi cambio de observador fue pasar de interpretar las terapias como algo impuesto que había que hacer sin cuestionarlo, a valorar el impacto que esa terapia iba a tener en el día a día o en el futuro de mi hija. Como consecuencia, he conseguido valorar más la calidad del tiempo que paso con ella, y por tanto, disfrutar más a su lado.

2.- Antes hacía lo posible por llevar a mi hija a cualquiera de las actividades/planes que me pudieran surgir, para intentar seguir con esa ‘normalidad’ a la que me aferraba. Sin embargo, en muchas ocasiones esos planes no estaban adaptados a sus necesidades, y en el fondo lo que estaba haciendo era tensar una situación que no era beneficiosa para nadie, ni para mi, ni sobre todo para ella.

Aquí mi cambio de observador fue pasar de vivir en un contexto de normalidad, a hacerlo en un contexto de normalidad atípica, en el que se tienen que combinar las actividades cotidianas con las necesidades especiales de mi hija.

3.- El proceso de duelo y la aceptación del retraso madurativo de mi hija (algo de lo que ya os hablé en mi post ‘Del Duelo a la Aceptación‘) ha supuesto también un giro de 180º en mi manera de ver, sentir y afrontar esta nueva realidad.

Si me permitís la metáfora, mi cambio de observador fue pasar de nadar siempre a contracorriente, a tratar de construir un nuevo barco con el que navegar a favor de esa corriente.

Esto me ha permitido pasar de vivir esta nueva situación  con estrés, angustia e impotencia, a vivirla con serenidad, realismo y responsabilidad.

 

Como véis, no todos los cambios de observador tienen por qué llevar a un prisma desde el que se vea la realidad de mejor modo, pero sí nos permite tener otra perspectiva con la que comparar y de la que aprender.

Y tú, ¿qué cambios de observador has vivido?

¿Qué has aprendido de ellos? 

 

¿Hasta dónde llega tu responsabilidad?

En esta ocasión os quiero hablar del concepto de RESPONSABILIDAD, tanto desde el punto de vista del coaching como de padre de una niña con necesidades especiales.

Muchas veces la responsabilidad se entiende como culpa, tiene una connotación negativa. Sin embargo, en coaching entendemos la responsabilidad de la siguiente manera:

RESPONSABILIDAD = RESPONS (H) ABILIDAD = habilidad para responder

Es decir, es la capacidad que tenemos las personas para responder a las distintas situaciones que nos plantea la vida. Y en concreto, centrándonos en el mundo de la discapacidad, es la habilidad que tenemos para elegir la manera en la que afrontamos ese hecho.

No elegimos si nuestro hijo tiene alguna discapacidad o no, pero cuando nos dan esa noticia, tenemos la opción (y si me permitís, el deber) de elegir cómo afrontarlo. ¿Me echo la culpa por lo ocurrido? ¿Me dejo llevar por los acontecimientos? ¿Cojo las riendas de la situación?

Y cómo elijamos afrontar la discapacidad de nuestro hijo marcará en gran medida cómo nos vamos a sentir después. Por ejemplo, si me culpo por lo que ha pasado, es posible que esa carga no me permita avanzar; si me dejo llevar por los acontecimientos, probablemente tenga la sensación de que no manejo el timón de mi vida; si tomo las riendas, podré ir marcando mi camino, obviamente con muchas dificultades y obstáculos, pero será el camino que yo elija.

Poniéndonos en los dos extremos, podemos encontrarnos con:

  • Responsabilidad 0%
    • es el rol de víctima, una elección en la que la responsabilidad siempre es de los demas, o incluso del destino. Tiene sus ventajas, porque nunca te equivocas, ya que nunca tomas decisiones, pero por otro lado, siempre dependes del exterior, no llevas el control de tus sentimientos.
    • Por ejemplo, ¿os suena la frase ‘Me han suspendido’? ¿No os parece que supone quitarse toda la responsabilidad de encima?
  • Responsabilidad 200%
    • es el rol de la persona que siente que absolutamente todo es responsabilidad suya (lo suyo, lo de los demás e incluso factores externos).  Tiene sus ventajas, porque esta persona está empoderada para tomar decisiones y elegir su camino, pero tiene una clara desventaja, y es que no es factible hacerse cargo de todo. Esta persona difícilmente llegará a sentirse satisfecha consigo misma, porque siempre habrá algo que también sea responsabilidad suya y le quede pendiente solucionar.
    • A mi me gusta poner como ejemplo los casos en los que la persona siente que incluso la opinión de los demás también es responsabilidad suya. Lo que opine la gente sobre un determinado tema, o incluso sobre ti no, es responsabilidad tuya, pero sí lo es cómo afrontes o gestiones tú esa opinión.

 

Como en casi todo en la vida, la virtud está en el término medio, en la RESPONSABILIDAD 100%.

Tan importante es ser consciente de lo que depende de uno mismo, como saber identificar lo que NO depende de uno mismo. Eso nos hará centrarnos en aquello en lo que podemos influir, aquello que tendrá un impacto directo en nosotros mismos.

Por ejemplo, yo no soy responsable del retraso madurativo que tiene mi hija, pero sí soy responsable de cómo lo afronto, de las decisiones que tomo después, de las terapias donde decido apuntarla, etc..

Y en tu caso, ¿hasta dónde llega tu responsabilidad?